El fondo del tanque
El fondo del tanque
En medio de la ciudad de Caseros, cerca de las vías, había un viejo tanque de agua. Su diseño era tal de un hongo y superaba los veinte metros de altura. Era una estructura formidable, casi de aspecto alienígena, que le daba un tono misterioso al vecindario. Los que venían de afuera siempre preguntaban qué era, y la gran mayoría de residentes desconocían la respuesta. Aunque no era nada más ni nada menos que un tanque de agua. Toda el agua suministrada al barrio debía pasar por ese tanque antes de llegar a cada casa. Es decir, era una gran pileta. O por lo menos eso pensaba Santiago, el niño de tan solo nueve años que había encontrado la forma de escaparse de la mirada curiosa de sus padres y entrar en ese viejo tanque. Una vez por semana se escabullía de su clase de inglés para ir a nadar.
Desde aquella primera vez que entró al tanque, Santiago disfrutaba de sus “clases privadas de buceo”. Le gustaba llamar a su pequeña actividad así, ya que él tenía un sueño; su deseo más grande era poder llegar al fondo del mar, allí donde todo está oscuro, y ver un pez luminiscente. Sus padres jamás quisieron romper ese sueño y decirle que a esa profundidad sólo podían llegar las máquinas. Por eso, él entrenaba duro y se zambullía hasta lo más profundo de cada cuerpo de agua que encontraba. Para él, el tanque era su océano. Muchas veces intentó dejar algunos peces o plantas marinas de decoración para hacer su entrenamiento más realista, pero de alguna forma siempre los encargados terminaban sacándolas.
Luego de varios meses de haber estado nadando, San ya estaba cerca de alcanzar el tiempo promedio sin respirar de los buceadores libres: tres minutos. Estaba muy orgulloso de sí mismo y decidió ir un fin de semana con su cronómetro a oficializar su récord. La entrada al tanque era una gran puerta de metal, adornada con un gran cartel que decía “PROHIBIDO EL PASO”, cerrada con llave. Aunque él no lo admitiera, la primera vez que cruzó esa puerta de forma ilícita, la mezcla de miedo y adrenalina casi lo hacen vomitar. Aunque ya se había acostumbrado a ser un rebelde, un fugitivo de la ley. Y hoy, no solo sería el niño que se metió en el tanque, sino que se convertiría en el nadador de buceo que superara los tres minutos de respiración contenida. Pero una vez en la puerta del tanque, se encontró a una niña saliendo de él con una toalla en sus brazos. “¡Bucea como yo!” pensó Santiago. Nunca había visto a otra persona compartir el mismo amor por su deporte y menos una chica tan linda como ella. Parecía ser de la misma edad que él, tal vez un poco más grande, y lo superaba en altura. Se miraron por un rato sin saber qué decir. Él con ojos brillantes de emoción y ella incómoda, mirando a sus costados analizando cuántos eran los que la habían descubierto. Entrar al tanque sin supervisión estaba totalmente prohibido, y ni hablar de nadar en él. Santiago pensaba que era el único intrépido que osaba adentrarse en aquellas aguas prohibidas. Bueno, hasta ahora. El largo cabello negro de la chica goteaba y mojaba la remera de flamencos que llevaba puesta, mientras que sus grandes ojos celestes se enfocaban en los marrones de Santiago, sin decir nada, pero pidiendo algo. Él captó el mensaje y se corrió para dejarla pasar. No le contaría a nadie que la vio en el tanque, como ella le pedía. La curiosidad por su nueva compañera jamás lo dejaría. Además, él no era quien para contar tal secreto. Si ni siquiera sus padres conocían de su entrenamiento. Pero no podía evitar querer saber más de ella y a la siguiente semana, a la misma hora, fue al tanque a esperar a la chica. Su idea era esperar unos escalones más abajo y al escuchar la puerta abrirse iba a subir las escaleras y actuar sorprendido al encontrársela. Aprovecharía el encuentro, que se dio tan de casualidad, para preguntarle su nombre. Y si la cosa iba bien, la invitaría a merendar a su casa. El plan perfecto. Así que esperó. Y esperó… y esperó. Jugó un rato con una piedrita que encontró ahí, y contempló la idea de meterse al tanque para buscarla. Pero no quería interrumpirla. Sabía que el entrenamiento era un momento de concentración y trabajo duro. Así que siguió esperando. A pesar de que el sol ya se estaba escondiendo y él comenzaba a tiritar de frío, se quedó esperando. Cuando ya cayó la noche, supuso que ella no había venido ese día y volvió a su casa. Al llegar, les dijo a sus padres que se había encontrado con su amigo Martín y se habían quedado jugando en la plaza. Pero sus esfuerzos no terminaron ahí. Intentó de nuevo las siguientes dos semanas, y no había caso, la chica no aparecía. Luego de sus vanos esfuerzos, una vez llegó a su casa, comió la cena sin decir nada y se fue a dormir. Entristecido porque no había podido ver a su compañera, dio vueltas en la cama conspirando sobre su ausencia. “Quizás esa había sido la primera vez que venía. ¿Y si la asusté? Capaz le pasó algo, o va más temprano. Podría haber cambiado de día para no verme. ¿Será eso? ¿Seré tan feo?”. Pero sin importar cuantas vueltas le daba al asunto, nunca llegaba a nada concreto. No podía descifrar si la iba a ver alguna vez más. Y la idea de perder esos ojos azules sin siquiera saber cómo se llamaban no lo dejaban dormir. Por eso decidió armar un plan. San no era de los que se rendían. Sabía que el domingo por la mañana llegaba el encargado a revisar las condiciones del tanque y no volvía hasta la siguiente semana. Todo duraba una hora aproximadamente, de las nueve a las diez de la mañana. Lo sabía porque ese encargado era el amigo de su padre, Raúl, quien le había mostrado la entrada al tanque. Una tarde, cuando los papás de Santiago se habían ido a Córdoba por trabajo, Raúl lo llevó a conocer el tanque. Le había dicho que podía visitarlo cuando quisiera, menos en el horario en el que él trabajaba. No estaba permitido que hubiera niños en la parte más alta, por eso debía ser cuidadoso y no dejar nada. Como esa vez que dejó su gorro secándose en la baranda y casi despiden a Raúl. Por ende, ese era el único horario donde la chica no podría aparecer, ni él tampoco.
Dejaría una nota. Sencillo y simple. La colocaría el domingo a las 12 hs y se la llevaría el domingo siguiente a las 8 de la mañana. Tendría que poner algo que solo ellos dos entiendan, para así evitar intrusos. Y luego de pensar un buen rato se le ocurrió qué decir. “¿Los flamencos nadan como yo?” escribió en una hoja de papel, dejando al pie un dibujo de una chica con largo cabello negro y unos flamencos. Solo era un garabato, pero esperaba que ella pudiera entenderlo. Era una pista pequeña y cabía la posibilidad de que ella no quisiera comunicarse con él. Así que solo le quedaba esperar que respondiera. Ese domingo dejó la nota pegada sobre la manija de la puerta y tiró una lapicera en la entrada. Las probabilidades de recibir una respuesta eran pocas, pero San tenía esperanzas.
Pasaron los días y llegó el domingo. Santiago se excusó de sus padres diciendo que se iba a juntar con unos amigos en el parque y corrió al tanque. Desde las escaleras no podía ver si su nota estaba en la puerta, así que corrió a toda velocidad hacia la puerta, tropezándose en el camino, y lo vio. La lisa extensión gris de la puerta del tanque, vacía. No había nota. Revisó en los alrededores, el piso, la baranda, los escalones y hasta adentro del tanque, pero no había nada. Pensó que quizás el viento pudo haberse llevado su respuesta, o alguien más podría haber encontrado la nota y haberla tirado. Pero tuvo que apurarse y volver a casa, ya que Raúl podía aparecer en cualquier momento. Echó un último vistazo a la entrada y refunfuñando se dirigió a su casa. Apretó el paso y cuando llegó, se encontró con sus padres en la entrada con el mismísimo Raúl. Santiago lo miró con bronca. “Me podría haber quedado más tiempo” pensó.
- Buen día, peque – lo saludó Raúl.
- Buenos días, tocho – le respondió seco - ¿Por qué estás acá? – su mal humor y la decepción de no haber encontrado una respuesta de la chica linda no le dejaron endulzar sus palabras.
- Como se nota que me querés – rió el viejo – Quería venir a visitarlos, así que fui antes al tanque – explicó.
- ¿No viste nada raro? – le preguntó Santiago con aún la esperanza de no haber sido ignorado por su compañera.
- ¿Raro? No sabía que te interesaba mi trabajo – sus cejas se alzaron y esbozó una sonrisa burlona.
- No seas molesto, Santi – interrumpió su madre pasándole el mate a Raúl – Anda adentro que vos también tenés visita.
Santiago la miró confundido y se metió a la casa. Ningún amigo le había dicho que iba a venir a su casa. No había nadie en el living ni en la cocina, los baños estaban libres y el patio vacío. Así que esa persona solo podía estar en su habitación. Santiago cruzó los dedos y deseó con todas sus fuerzas que su visita no sea la tía Norma, quien tenía la horrorosa costumbre de saludarlo con un beso en la boca cada vez que lo veía. Aunque pensándolo bien, seguramente a Martín le había llegado la noticia de que lo usó como excusa el otro día y venía a pedir explicaciones. Podría apostar que el gordito lo esperaba detrás de la puerta de brazos cruzados, ofendido por no haberse enterado qué sucedía y exigiendo el chisme. San no sabía si debía contarle lo que pasó, porque Martín es muy bocón. Si hay algo que adora más que las medialunas, es el chisme. Y no quisiera que sus padres le prohíban ir al tanque después de enterarse.
- Los flamencos sí nadan – lo sorprendió una voz que provenía de adentro de la habitación. Y definitivamente no era Martín, ni la tía Norma.
Unos ojos celestes lo saludaron. Su compañera estaba sentada en su silla de escritorio mirándolo. Tenía puesta una remera de flamencos negra como su cabello, parecida a la que usaba la otra vez, y unas bermudas verdes. Él no sabía cómo reaccionar a su comentario. Significaba que ella había encontrado su nota.
- ¿Cómo me encontraste? – dijo mirándola a los ojos. Ella solo alzó los hombros.
- Me dijo Raúl – respondió sencillamente.
Esto lo tomó por sorpresa a Santiago. Raúl no tenía hermanos ni estaba casado. Muchas veces venía a las cenas de navidad de su familia porque no tenía con quien pasarlas. Parecía ser una persona ermitaña e introvertida que solo cuenta con dos amigos en el mundo: la soledad y su padre. Su mamá le había contado que le hacía mucha ilusión criar a un niño, pero jamás se le dio la oportunidad. A Santiago le costaba imaginar a Raúl cuidando de un niño, o solo cambiando un pañal. Aun así, hace ya un tiempo que les hablaba de “su sobrina”. Su papá le dijo que no se refería a una sobrina de sangre, sino a una de corazón. Y eso él lo entendía. Pero lo que no entendía era por qué seguía viniendo a cenar solo y no le presentaba a la chica.
- ¿Sos la sobrina? – le preguntó y miró por encima de su hombro para evitar hacer contacto visual con ella.
- Eso dice él – alzó las manos y miró para otro lado. Entonces, esta era la chica. Balanceó los pies un rato en la silla mientras analizaba su pieza. El movimiento hacía que su pelo se desordenara un poco y cayera libremente por su rostro. Parecía molestarle porque rápidamente lo pasaba detrás de su oreja en una seca maniobra. Luego de dar varias vueltas se acercó a la mesa del escritorio y agarró un mazo de cartas uno - ¿Jugamos?
Santiago no se rehusó y ordenó el piso de alfombra para que ambos pudieran sentarse. Hace mucho tiempo que no jugaba a las cartas y, siendo sincero, él extrañaba eso. Solía jugar en los recreos con sus amigos o en las noches de familia, pero con el tiempo todo eso se fue olvidando. La verdad es que no tenía muchas ganas de jugar en ese momento, pero partida tras partida San ya estaba en el piso llorando de la risa. No recordaba que el uno podía ser tan divertido. Aunque quizás ella solo era divertida. Después de un par de horas jugando y haciendo pavadas, ambos se recostaron, ella en su cama y él en el piso, para hacerse preguntas de sus vidas. Color favorito, comida preferida, animal que más les gusta, mejores amigos, profesores menos favoritos, sueños. Tenían mucho más en común de lo que pensaban.
- Así que… vos también – dijo de pronto ella.
Él sabía a lo que ella se refería. De alguna forma se entendían. Podía ver en su mirada las azuladas ondas del agua que tanto amaban. Era su secreto mutuo, el tanque. Aunque de pronto, hablar sobre el tema le daba vergüenza. No era tan bueno como para alardear. Y sintió mucha vergüenza de contarle su modesta rutina de entrenamiento. Pero ella también se sentía algo nerviosa. No solía hablar con nadie sobre esta actividad prohibida. A diferencia de Santiago, a ella le aterraba el fondo del océano. No saber qué es lo que se encuentra en ese vacío negro le asustaba mucho. Ella solo quería nadar y disfrutar el agua. Decía que sentía que el agua era como su casa. Y en eso coincidían, el agua era un lugar hermoso. Quizás era porque pasaban más tiempo imaginándose en el tanque que haciendo cualquier otra cosa. Ir a nadar era lo que surcaba sus mentes día y noche.
La tarde siguió y San cada vez le gustaba más la idea de entrenar con alguien más, con ella, así que se lo propuso. Pero analizando sus horarios, nunca coincidían. El único momento que ella tenía libre eran los sábados por la mañana, cuando él tenía que acompañar a sus hermanas a música y cuidar la casa. De esa forma, San le hizo prometer que se verían todos los domingos en la plaza del centro, para jugar y compartir su progreso. Sin embargo, aún había algo que él no entendía. Mientras más hablaban, más le picaba la curiosidad.
- Emm… ¿te puedo hacer una pregunta? - trató de llamar su atención. Ella asintió y lo miró atentamente jugar con sus dedos - ¿por qué flamencos?
- ¿Qué? – se carcajeó la chica – Con tantos nervios, pensé que me ibas a preguntar mi nombre, por lo menos.
- Eso tampoco me vendría nada mal – rio y se tornó rojo como un tomate.
Ella se burló de su cara roja un poco más y se acomodó en su lugar. Lo invitó a sentarse junto a ella para poder hablar, mirándose a los ojos. Eso ya no le parecía extraño. Al principio le ponía nervioso mirarla a los ojos, tan profundos y azules, pero aparentemente esa era su forma de demostrar cercanía.
- Me llamo Carla – empezó – y me gustan los flamencos porque son parecidos a mí.
- ¿Porque son muy lindos? – ni siquiera se había dado cuenta que lo dijo y desvió la mirada. Carla sonrió levemente.
- No, porque están cautivos – su sonrisa se volvió oscura y ya no buscaba los ojos de él -. ¿Sabías que a los flamencos les rompen las alas al entrar al zoológico? No se las cortan, porque son parte de su encanto, pero sí las rompen - lentamente arrastró las palabras dejando que sus ojos cristalinos aparezcan -. Así, pueden simular que las aves están tranquilas en su jaula sin barras, a cielo descubierto, y hacer parecer que son libres cuando no tienen otra opción más que permanecer encerradas – agachó la cabeza quieta y jugueteó con el borde de su remera.
Santiago la miró sin poder descifrar a lo que se refería. Su oscuro semblante parecía querer decirle algo, pero ese mensaje se perdía en el aire. Miles de teorías se armaban en su cabeza, pero ninguna se acercaba a la realidad. Él veía algo en sus ojos azules, algo que estaba muy oculto que quería salir a la luz. Pero eso le daba miedo. Quería preguntar, pero le asustaba pensar en la respuesta que podría recibir. ¿Sería lo suficientemente fuerte como para acompañarla en su dolor? No quería dejarla sola, pero de alguna forma en ese momento se generó un abismo entre ella y él, que no sabía si debía cruzar. Tenía miedo. Sin embargo, ella también.
Antes de que Santiago pudiera decir algo, llegó su madre a avisar que Carla tenía que irse, porque se estaba haciendo tarde. Ella se levantó tranquila y con una sonrisa se despidió. Era difícil creer que esa niña sonriente ocultaba a la misma chica ensombrecida de hace un rato. La rapidez con la que ocultó sus sombras, le asustaron aún más. Sabía que detrás de su mirada se escondía algo. Y le aterraba que sea un grito de ayuda.
Al pasar el tiempo los dos niños se fueron acercando. Se juntaban cada vez que podían para charlar y pasar el rato. Aparecían tanto por la plaza, que el vendedor de pochoclos ya se había aprendido sus nombres, y la anciana que alimentaba palomas ahora traía unos bizcochitos para ellos. Jamás volvieron a mencionar el asunto de los flamencos, ni el pasado. De a poco, fueron descubriendo que su cercanía era lo más reconfortante de su día y su compañía pasó a ser una necesidad. Dos simples niños que encontraron en el otro una razón para sonreír. Aunque nunca nadaron juntos. Por más que Santiago insistía e insistía, Carla nunca accedía. Ya no era una cuestión de horarios, era algo más. Y San temía que ese algo sea lo que no volvieron a mencionar. Aun así, trató de indagar, exigió y se pasó de la raya. Le dijo cosas de las que no se enorgullecía. Y Carla dejó de aparecer.
Santiago esperó cada día en su punto de encuentro, pero ella nunca venía. Estaba realmente arrepentido por lo que había sucedido y necesitaba pedirle perdón. Ya no podía recordar porqué se habían peleado, solo sabía que no quería perder a su amiga. Así que fue en busca de Raúl. Él era la única persona que podría comunicarlo con Carla, aunque sea decirle cómo estaba. Si bien no quería que él se enterara, porque sabía que eso traería miles de cargadas y burlas hacia él, pero no le importaba. Quería disculparse y que las cosas vuelvan a ser como antes. Sin embargo, tampoco aparecía. No estaba en su trabajo ni en la casa. Ni siquiera sus papás sabían de su paradero. Suponían que se habían ido imprevistamente de viaje, como solía hacer Raúl. Pero para Santiago, algo no cuadraba. No podrían haberse ido, no sin avisar. Además, Carla tenía un examen de geografía para el que había estudiado mucho, no se lo iba a perder. La situación comenzaba a preocuparlo. Era un sábado a las diez de la mañana, exactamente cuando Carla estaría en el tanque. Así que decidió interrumpir el sagrado momento del entrenamiento para ir a buscarla. Porque sabía que ella no se había ido. O si lo había hecho, por lo menos el tanque iba a tener algunas respuestas.
Corrió con todas sus fuerzas sin siquiera avisarles a sus padres a dónde iba. Saltó los escalones del tanque de dos en dos hasta llegar a la cima. Todo estaba en silencio, pero la entrada estaba mojada. Alguien había estado en el tanque… o tal vez alguien estaba adentro del tanque. Aún quedaba tiempo. Rápido se sacó la remera y se zambulló en las aguas. Las tenues luces instaladas y la luz del sol que entraba por la puerta iluminaban el interior. A simple vista la luz dejaba ver el estanque de agua, y ella no parecía estar ahí. Solo el fondo estaba fuera de su alcance. Pero algo lo inquietaba, no podía irse. Hasta que un flamenco se le cruzó por la mente. ¿Y si era un grito de ayuda? ¿Y si lo que ella le intentaba decir, era exactamente lo que temía? Tenía que fijarse por sí mismo. Los brazos le empezaron a temblar y su respiración se agitó. Era mucho más de lo que había llegado alguna vez, pero si Carla había tenido un accidente, él era el único que podría ayudarla. Así que contuvo su respiración e intentó ir al fondo. La profundidad era mucho más de lo que pensaba, y sus dos minutos y medio de respiración contenida no eran suficientes. Tenía que llevarse al límite. Lo tenía que hacer por Carla. Dio las brazadas más largas que alguna vez había hecho y pataleó con fuerza. El aire se le iba agotando, pero estaba cerca. Podía sentir un fuerte pitido en sus oídos y la sangre subir a su cabeza, pero no podía parar. Ese tanque cada vez se parecía más a su soñado fondo del mar. Siguió avanzando y cuando ya estaba al límite, pudo verla. Tiesa, labios azules, inmóvil… muerta. Su cabello oscuro flotaba a su alrededor enredándose en sus ¿aletas? Una larga cola azul suplantaba sus piernas y en su piel aparecían escamas. Carla, una sirena, descansaba en el fondo del tanque sin vida. Entendió que la oscuridad detrás de sus ojos, era un grito de ayuda. Y él la había dejado gritar sola. Quizás nunca hubiera podido ayudar, o siquiera entender qué sucedía, pero por lo menos no la hubiera dejado sufrir por su cuenta. Aunque sea, la podría haber escuchado. Sabía que la situación era mucho más compleja de lo que su mente podría entender. Pero en ese instante, solo podía escuchar el grito ahogado detrás de esos vacíos ojos azules. Por última vez, se acercó a ella e hizo lo que siempre debió haber hecho: tomó su mano y no la soltó. Al hacerlo, una pequeña luz apareció frente a él. Las escamas de Carla fueron encendiéndose una a una, de colores rojo, verde, púrpura y azul. Era un pez luminiscente. Por primera vez, alguien estaba a su lado. Una lágrima brillante cayó por la mejilla de ella y una nube de burbujas salió de él. Sus manos frías estaban bien agarradas y por nada del mundo se iban a soltar. Mirándolas, Santiago agradeció verla una vez más y prometió nunca más dejarla sola. El pitido en sus oídos dejó de sonar y fue reemplazado por un arrullo de cuna que los llevó a ambos a dormir para siempre. Así, abrazados, cerraron sus ojos por una última vez.
<< Dos niños fueron encontrados en el fondo del antiguo tanque de agua de la ciudad. Junto con ellos, un hombre, Raúl Brasieri, fue declarado desaparecido. La policía no pudo explicar cómo es que estos niños aparecieron ahí, ni lo que sucedió. >> decían las noticias. Nadie se acercó a dar declaraciones y las pistas eran inexistentes. La policía cerró el caso como “un accidente”, y los padres de las víctimas prefirieron imaginar que ahí terminaba la historia. Pero como usted sabe, querido lector, esta historia fue más que un simple accidente. Y la pregunta continúa vigente: ¿qué pasó?
Fin.

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